Esta obra nace de un rincón concreto de Donostia, una imagen menos reconocible donde, entre las dos playas, afloran las rocas en estratos marcados y abiertos por la erosión.
Las fracturas, erosiones y surcos del paisaje evocan las heridas emocionales que deja el paso del tiempo: marcas imposibles de borrar, pero capaces de transformarse en memoria, aprendizaje, fortaleza e incluso belleza. Inspirada en la filosofía japonesa del kintsugi, la obra reivindica la belleza de la supuesta imperfección y la resiliencia que nace de aceptar nuestras cicatrices físicas y emocionales, como parte esencial de quienes somos.
La tensión entre la abrupta solidez de la roca y la serenidad del agua habla también del equilibrio entre ruptura y calma, entre la violencia de la transformación y la posibilidad de reconciliación.



